Hay cosas en la vida que no necesitan explicación. Basta con mirarlas. Sentirlas. Dejar que nos atraviesen el alma.
La fe es una de ellas.
Y este fin de semana, una vez más, la fe volvió a hacer lo que solamente ella parece capaz de conseguir: poner de pie a miles de personas, reunirlas en un mismo camino y llevarlas mucho más allá de lo que sus fuerzas físicas parecían permitirles.
Desde Hasenkamp hasta Paraná, durante casi 90 kilómetros, una multitud volvió a protagonizar uno de los acontecimientos más conmovedores que tiene Entre Ríos.
No fueron por una recompensa material. No hubo premios, dinero ni reconocimiento que justificaran semejante esfuerzo.
Fueron porque creen. Porque aman. Porque agradecen. Porque esperan. Porque prometieron. O simplemente porque en algún rincón profundo de sus corazones encontraron una razón que los demás quizás nunca lleguemos a comprender.
Y allí está, precisamente, la grandeza de esta historia.
Hay una fuerza que no se ve, pero se siente
¿Qué puede llevar a una persona a caminar durante horas y horas, atravesar la noche, soportar el cansancio, el dolor de los pies y el agotamiento del cuerpo, solamente para llegar hasta una imagen de la Virgen?
La respuesta no está en las piernas.
Está en el alma.
Está en esa fuerza interior que aparece cuando todo parece agotarse. En la convicción que transforma el sacrificio en una ofrenda. En el amor que hace posible lo que, desde la comodidad de nuestras casas, parece imposible.
Tal vez alguien caminó para agradecer la recuperación de un hijo. Otro, para pedir por una madre enferma. Quizás hubo quienes llevaron en silencio el recuerdo de alguien que ya no está. O quienes simplemente sintieron la necesidad de agradecer por la vida, por su familia, por un nuevo amanecer.
Cada peregrino llevó su propia historia.
Cada paso tuvo un sentido.
Cada silencio, una oración.
Porque no todos caminaron por lo mismo, pero todos encontraron en el camino algo que los unió.
Y eso, en un mundo donde tantas veces cuesta encontrarnos con el otro, tiene un valor inmenso.
Una historia que comenzó con dos y hoy conmueve a miles
Esta 44ª Peregrinación de los Pueblos, realizada el 16 y 17 de octubre de 2026, volvió a unir la ermita de la Virgen de Schoenstatt en Hasenkamp con el Santuario de La Loma, en Paraná.
Su historia comenzó en 1983, cuando dos jóvenes del Movimiento de Schoenstatt, Jorge Quiroz y Amelio Rodríguez, decidieron recorrer a pie esos 90 kilómetros como expresión de amor y compromiso con la Virgen.
Una tormenta interrumpió aquel primer intento. Pero regresaron y completaron su propósito.
Lo que nació como el gesto de fe de dos personas terminó convirtiéndose, con el paso de las décadas, en una de las manifestaciones religiosas populares más importantes de Entre Ríos.
Hoy son miles. Son familias enteras. Jóvenes, adultos, personas mayores. Gente de distintos pueblos y ciudades que vuelve a encontrarse en una ruta que, por unas horas, deja de ser simplemente un camino para convertirse en un inmenso santuario a cielo abierto.
Este año caminaron bajo un lema tan sencillo como necesario: «Peregrinos con María, hacia un mundo más humano».
Y acaso pocas imágenes expresen mejor ese deseo que una multitud avanzando junta, ayudándose, esperando al que se retrasa, compartiendo agua, una palabra de aliento o un abrazo cuando las fuerzas empiezan a faltar.
También están los servidores, los voluntarios, los equipos de asistencia y tantas manos anónimas que hacen posible cada edición.
Porque la fe no solamente se manifiesta en quien camina.
También vive en quien acompaña.
Creer o no creer. Esa no es la cuestión
Podemos elegir creer en Dios, en la Virgen, en los milagros o en ninguna de esas cosas.
Podemos tener dudas, preguntas, certezas distintas. Podemos mirar la religión desde lugares completamente opuestos.
Pero hay algo que debería estar por encima de cualquier diferencia: la capacidad de admirar la fe del otro.
No hace falta compartir una creencia para reconocer la belleza de semejante entrega.
No hace falta rezar para emocionarse ante miles de personas caminando por amor.
No hace falta creer en los milagros para descubrir algo extraordinario en esos rostros cansados, en esas lágrimas al llegar, en esas manos que se estrechan y en esos abrazos que parecen contener una vida entera.
Hasta el más incrédulo puede conmoverse.
Porque allí no hay solamente una manifestación religiosa.
Hay humanidad.
Hay esperanza.
Hay personas que, en medio de tantas dificultades cotidianas, todavía encuentran motivos para agradecer. Que, aun cargando dolores y preocupaciones, siguen creyendo que vale la pena pedir por alguien más.
Y eso merece respeto. Muchísimo respeto.
Cuando el cuerpo ya no puede, el corazón sigue
Hay un instante de toda peregrinación que tal vez resuma su verdadera esencia.
Es cuando el cansancio se vuelve insoportable. Cuando los pies duelen, la noche parece interminable y todavía quedan kilómetros por recorrer.
Es allí donde la fe deja de ser solamente una palabra.
Se convierte en una decisión.
En un paso más.
En una mano extendida.
En alguien que dice: vamos, falta poco.
Y cuando finalmente aparece el Santuario de La Loma, lo que llega no es simplemente una multitud de caminantes.
Llegan miles de historias.
Llegan promesas cumplidas, agradecimientos guardados, angustias, esperanzas y sentimientos que difícilmente puedan traducirse en palabras.
Llegan cuerpos agotados y corazones desbordados.
Y quizás por eso conmueve tanto verlos.
Porque nos recuerdan que, más allá de nuestras diferencias, los seres humanos todavía somos capaces de hacer cosas extraordinarias cuando nos mueve el amor.
Gracias por tanta fe
En tiempos en los que tantas noticias hablan de divisiones, enfrentamientos, egoísmos y desencuentros, la Peregrinación de los Pueblos vuelve a regalarnos una imagen profundamente distinta.
Miles de personas avanzando hacia un mismo destino. Sin importar de dónde vienen, cuánto tienen o qué lugar ocupan en la sociedad.
Solamente personas.
Solamente almas.
Solamente fe.
Tal vez no todos podamos comprender lo que sienten. Tal vez nunca hagamos ese recorrido. Tal vez nuestras creencias sean diferentes.
Pero podemos detenernos un momento, contemplar esa inmensa expresión de amor y agradecer.
Agradecer a quienes caminaron. A quienes ayudaron. A quienes compartieron su agua, su tiempo, su esfuerzo y su esperanza.
Agradecer a quienes, con su ejemplo silencioso, nos recuerdan que todavía existen valores capaces de reunir a miles de personas sin pedirles nada a cambio.
Porque una multitud que camina por fe no solamente está dando testimonio de aquello en lo que cree. También nos está recordando cuánto amor puede caber dentro de un ser humano.
Y eso es profundamente conmovedor.
No importa si somos creyentes, agnósticos o incrédulos.
Ante semejante demostración de entrega, lo mínimo que podemos hacer es admirar.
Y agradecer.
Gracias, peregrinos, por recordarnos que hay fuerzas que no se ven, pero que siguen siendo capaces de mover el mundo.
La fe, una vez más, lo hizo.
**Y Entre Ríos volvió a ser testigo de algo verdaderamente extraordinario.




